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  • Memorias de Aoteroa. Mountain bike en Nueva Zelanda.

    Publicado el 3 diciembre, 2013. Por

    Se cumplen cinco años desde que regresé de la tierra de los maoríes, la piedra jade, del pájaro kiwi y el weka. Tierras que, aún siendo para nosotros, los europeos, el lejano sur, las antípodas, más bien recuerdan el salvaje oeste de las novelas de Jack London.

    Ya saben, el Colmillo Blanco, la fiebre de oro, historias contadas al calor y luz de una hoguera, la naturaleza exuberante de Alaska, solo que en nuestro caso la aventura la situamos bien al sur. Más al sur de Nueva Zelanda ya solo queda la Antártida, el fin del mundo.

    Aterrize en Christchurch el 2 de diciembre 2006 después de 30 horas de aeropuertos, aviones y escalas, un viaje corto si tenemos en cuenta las peripecias que tenían que pasar los inmigrantes que se dirigían al mismo destino no hace tantos decenios. No tenía pensado pasar más que un par de días en la capital de la isla sur (que años después en 2009 y 2010 sufrió devastadores terremotos de los que se está recuperando todavía).

    Me alojé en un acogedor backpackers hostal compartiendo un gran dormitorio con viajeros del medio mundo. Este tipo de alojamiento se puede encontrar en el pueblo más pequeño y perdido de Nueva Zelanda y es muy económico y sobre todo divertidísimo. Uno conoce gente, hace amistades, busca compañeros de viaje.

    El primer día deshice la gran maleta – caja donde llevaba desmontada la bici y todo lo que traía conmigo, que no era mucho pensando que tenía planeado pasar un año explorando las posibilidades de mountain bike en aquel increíble país. Tría un visado de turista válido por tres meses y al final no abandoné a Nueva Zelanda hasta que pasaron dos años y la presión burocrática se hizo insoportable. A los tres días en Christchurch encontré lo que buscaba, una pequeña y barata furgoneta con una cama y espacio justo para mí y mi bicicleta y me lance a la aventura.

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    Describir en un corto relato lo que vi y viví en estos dos años es tarea harto difícil. Ríos atestados de salmones, montañas en cuyas cumbres nunca se derrite la nieve, fiordos, lagos glaciares, asentamientos de buscadores de oro, volcanes tan grandes que en sus cráteres cabían pueblos enteros, bosques impenetrables, playas del Mar de Tazmania llenas de focas.

    Era fácil llegar con mi Toyota al punto elegido en el mapa, buscar un sitio para acampar y un trabajo para una semana o un mes (remover mierda bovina con una pala y conducir un tractor en un viñedo entre otros) si me hacía falta. Y pedalear hasta conocer bien la zona, elegir los mejores senderos y volver a hacerme los incontables veces. Y vuelta a empezar, zigzageando la enorme isla de este a oeste y del norte a sur. Rock n`roll. Preguntenle a Seba, mi hermano chileno, sobre el Queen Charlotte Track allá en los Sounds.

    Sé que todavía, pasados ya unos cuantos años se le dibujará una sonrisa en la cara recordando un “single track” de 80km, arriba, abajo, piedras y barro, paisaje acojonante, sendero sin fin. El Moonlight track o el Wakamarina, y tantos y tantos. Los bikers lokales, los kiwis, son grandes mountain bikers, duros, no se depilan las piernas, exploradores y aventureros románticos a los que les gusta perderse en la montaña, mi gente y amantes de su naturaleza.

    Muchos son los amigos y recuerdos que me quedan de aquel viaje. Ojala pudiera volver a pedalear  a su lado algún día, aquí en Fuerteventura o donde fuese.

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    La felicidad no se puede comprar, pero se puede andar en bicicleta, y es muy parecido.

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